Probablemente seré un ingrato, pero yo no siento por mi ciudad natal la misma nostalgia que vos sentís por la tuya. No sé que tanto tenga que ver la manera como me educaron, pero yo siempre crecí con un miedo a la ciudad. Me acuerdo que sólo fue hasta que ya era un adolescente que me dejaron tomar un bus de servicio público solo. Me acuerdo que nunca podía quedarme en el colegio en actividades extracurriculares porque después era un problema para volver a casa y mis papás no querían que yo tomara dos buses para venirme solo desde el colegio. Cuando nos fuimos a vivir a Chile, fue cuando comencé a montar solo en bus y ahora que lo pienso, fue de las primeras veces que comencé a caminar con tranquilidad. Sin tener que mirar para todos los lados con el temor que alguien me estuviera siguiendo para robarme o algo. Como en todas partes, en Viña del Mar y Valparaíso era poco lo que se podía hacer cuando tenía quince años. Pero los fines de semana un buen amigo y yo pasábamos todo el tiempo caminando por el centro. Luego nos íbamos caminando hasta mi casa a la media noche. No me acuerdo de haber tenido miedo, y tampoco me acuerdo que mis papás se hubieran enojado conmigo por haberme quedado por fuera hasta tan tarde o por no haber avisado que me demoraba en llegar. Algo que pasaba con bastante frecuencia en Colombia. En Chile montaba en bus todo el tiempo, me sabía las rutas y los horarios. En Colombia me sabré dos o tres rutas. Por eso cuando volví a Viña después de exactamente quince años, pude encontrar con cierta facilidad la casa en que viví. Desde allí tomé la misma ruta de autobús para Valparaíso que tomé durante los seis meses que viví allí, y bajarme en la misma esquina que lo hacía para llegar al colegio en que estudiaba. Caminé con Katie por las mismas calles de Valparaíso de antes, y hasta tomamos uno de los famosos ascensores de los cerros por los que llevé a mi mamá y a mi abuela cuando aun vivíamos allá. Ahora que te escribo ésto, me pongo a pensar que Viña y Valparaíso fueron las primeras ciudades en las que me sentí libre, en las que no tenía presiones de mis papás por mantenerlos al tanto de lo que estaba haciendo, fueron las primeras ciudades en las que no me acuerdo de haber tenido que mirar para atrás con temor a que alguien me estuviera siguiendo.
Yo considero mi casa el lugar donde me siento cómodo. Muy seguramente es algo psicológico, y paranoia mía, pero yo cuando estoy en Colombia siempre me siento perseguido. Hablo con los taxistas por miedo a que me vayan a hacer algo, miro constantemente a todos los lados, y tomo el metro más que por lo conveniente que pueda ser, porque me siento un poco más seguro que en un bus o en un taxi.
Friday, May 23, 2008
Monday, April 7, 2008
El cumpleaños
Después que se deja de ser niño, para mí, los cumpleaños se me hacen más deprimentes que otra cosa. Me pongo a pensar si en realidad ha valido la pena mi vida en ese año. Si lo que he hecho ha servido de algo, o si simplemente viví un año más sin aportar mucho y sin aprender nada. Esta mañana cuando me levanté y tomé café después de casi una semana sin hacerlo, estaba pensando en ello. Este café sería, secretamente, mi propio regalo de cumpleaños. El año pasado fue un iPod, esta vez fueron dos tazas de café. No está mal, ¿cierto? Después se nos ocurrió que para aprovechar el día tan bonito podríamos ir a elevar una cometa. Todo este proceso se retrasó debido a que vos, cuando yo no lo quería, te tomaste una siesta de tres horas. Cuando te levantaste, nos arreglamos, compramos la cometa y nos fuimos a un parque con pocos árboles. Yo hacía más de 15 años que no elevaba una, pero el viento hizo que todo fuera super fácil. Las primeras veces la cometa se nos cayó, pero después de un poco de práctica la cometa se mantuvo en el aire hasta que la guardamos.
Después de un rato querías dar una vuelta por el parque y te fuiste con tu mamá mientras yo me quedé elevando la cometa. Al tener la cometa en el aire, me puse a pensar en Al pie de la ciudad de Mejía Vallejo. En este libro las cometas son una de las pocas alegrías que los niños de los tugurios tiene. Ellos disfrutan cómo éstas se elevan por los aires y, de cierta manera, se liberan de la opresión de la ciudad:
“Las fabrican de hojas de periódicos, o rebuscan en las tipografías tiras inservibles de papel. Sobre la ciudad se ven las cometas del suburbio. Más altas que los edificios públicos, que las iglesias más altas, que el Obelisco, que las torres. Y los niños están contentos porque algo de ellos sube tan arriba, sobre la misma ciudad. Semiabierta la boca desdentada, el Viejo palmotea viendo las encumbradas cometas colear y subir cielo arriba. Los otros ríen porque lo ven y porque están contentos”. (17)
Luego volviste y me dijiste que querías que te llevara a ver el agua. Fuimos a la quebrada dentro del parque, mientras era tu mamá quien se quedaba con la cometa. Luego de caminar un rato llegamos y nos sentamos los dos en una piedra mientras veíamos el agua pasar. Fue un silencio espectacular interrumpido sólo por el sonido del viento y del agua chocando con las rocas. No te lo dije, pero quise que ese momento se congelara en el tiempo y poder disfrutarlo más. Pero aunque no sucedió, creeme que está guardado en mi memoria, y ya está acá escrito. Después nos volvimos donde tu mamá y nos fuimos a comer.
Hace un rato me puse a pensar en mi cumpleaños, y en lo bien que la pasé hoy con vos y tu mamá…No puedo esperar a que sea mañana para salir del trabajo, recogerte, comer, y para que vamos con tu mamá a elevar la cometa, caminar por el parque y sentarnos al lado de la quebrada para escuchar el sonido que produce el agua al chocar con las rocas…sonido que será interrumpido con tu pregunta si podés tocar el agua.
Después de un rato querías dar una vuelta por el parque y te fuiste con tu mamá mientras yo me quedé elevando la cometa. Al tener la cometa en el aire, me puse a pensar en Al pie de la ciudad de Mejía Vallejo. En este libro las cometas son una de las pocas alegrías que los niños de los tugurios tiene. Ellos disfrutan cómo éstas se elevan por los aires y, de cierta manera, se liberan de la opresión de la ciudad:
“Las fabrican de hojas de periódicos, o rebuscan en las tipografías tiras inservibles de papel. Sobre la ciudad se ven las cometas del suburbio. Más altas que los edificios públicos, que las iglesias más altas, que el Obelisco, que las torres. Y los niños están contentos porque algo de ellos sube tan arriba, sobre la misma ciudad. Semiabierta la boca desdentada, el Viejo palmotea viendo las encumbradas cometas colear y subir cielo arriba. Los otros ríen porque lo ven y porque están contentos”. (17)
Luego volviste y me dijiste que querías que te llevara a ver el agua. Fuimos a la quebrada dentro del parque, mientras era tu mamá quien se quedaba con la cometa. Luego de caminar un rato llegamos y nos sentamos los dos en una piedra mientras veíamos el agua pasar. Fue un silencio espectacular interrumpido sólo por el sonido del viento y del agua chocando con las rocas. No te lo dije, pero quise que ese momento se congelara en el tiempo y poder disfrutarlo más. Pero aunque no sucedió, creeme que está guardado en mi memoria, y ya está acá escrito. Después nos volvimos donde tu mamá y nos fuimos a comer.
Hace un rato me puse a pensar en mi cumpleaños, y en lo bien que la pasé hoy con vos y tu mamá…No puedo esperar a que sea mañana para salir del trabajo, recogerte, comer, y para que vamos con tu mamá a elevar la cometa, caminar por el parque y sentarnos al lado de la quebrada para escuchar el sonido que produce el agua al chocar con las rocas…sonido que será interrumpido con tu pregunta si podés tocar el agua.
Monday, March 24, 2008
Las tres veces que dejaste de ser vos
Te levantarás a las 6:00 de la mañana del próximo jueves, para arreglarte, dejar el café listo para tu esposa y dejar a tu hijo vestido y viendo Curious George. Llegarás al parqueadero a las 7:00 de la mañana y unos pocos minutos después estarás en la estación del tren para tomar a las 7:31 el 300 Lincoln Service que te llevará a la ciudad. En ese momento te encontrarás a sólo dos horas de, nuevamente, dejar de ser vos.
***
La primera vez ocurrió en 1986. Sólo tres años antes habías quedado campeón del torneo interno de fútbol cuando, en la final, tu equipo ganó 1-0. El gol fue tuyo. En aquel entonces jugabas de centro delantero. En el año que te digo, ya no jugabas adelante, sino de defensa central. Este año tu equipo no llegó a la final. Este mismo año, uno de los que fuera amigo tuyo, empezó a decir que vos eras “el malo con más fama en el colegio”.
La segunda vez ocurrió en 1994. En febrero de ese año viajaste con toda tu familia a Bogotá. Lo que más te afecto fue la manera cómo te tocó dejar las cosas en Medellín. Estabas comenzando tu quinto semestre en la universidad, pudiste despedirte de muy pocas personas (por motivos de seguridad) y sentiste que habías dejado todo a medias. Ese primer semestre no pudiste estudiar. Lo que yo pienso que hizo más complicada tu adaptación a la nueva ciudad. En el segundo semestre del año comenzaste la universidad. Ese primer semestre fue bien difícil pues tuviste que cambiar de carrera, no conocías a nadie, y además, como entraste transferido, estabas tomando materias de primer, segundo, tercer y cuarto semestre. No tenías amigos y este semestre te diste cuenta que el sentimiento de los paisas a los rolos era muy bien correspondido. Lo único que hiciste, además de deprimirte, fue estudiar. Volviste a Medellín después de unos años. Tus familiares y amigos se burlaron de tu acento “rolo”, y los que fueran tus compañeros de clase se sentían superiores a vos, pues habías cambiado de carrera.
La tercera vez ocurrió entre los años 2000 y 2002. Te fuiste a vivir a otro país. Tu plan era aprender el idioma y luego hacer una maestría. Por razones que ni vos ni yo podemos entender aún, cumpliste la primera parte de tu plan, pero no la segunda. Nuevamente cambiaste de carrera.
***
Llegás a Union Station. Cuatro cuadras te separan del edificio. Comprás un café y salís caminando.
***
La primera vez ocurrió en 1986. Sólo tres años antes habías quedado campeón del torneo interno de fútbol cuando, en la final, tu equipo ganó 1-0. El gol fue tuyo. En aquel entonces jugabas de centro delantero. En el año que te digo, ya no jugabas adelante, sino de defensa central. Este año tu equipo no llegó a la final. Este mismo año, uno de los que fuera amigo tuyo, empezó a decir que vos eras “el malo con más fama en el colegio”.
La segunda vez ocurrió en 1994. En febrero de ese año viajaste con toda tu familia a Bogotá. Lo que más te afecto fue la manera cómo te tocó dejar las cosas en Medellín. Estabas comenzando tu quinto semestre en la universidad, pudiste despedirte de muy pocas personas (por motivos de seguridad) y sentiste que habías dejado todo a medias. Ese primer semestre no pudiste estudiar. Lo que yo pienso que hizo más complicada tu adaptación a la nueva ciudad. En el segundo semestre del año comenzaste la universidad. Ese primer semestre fue bien difícil pues tuviste que cambiar de carrera, no conocías a nadie, y además, como entraste transferido, estabas tomando materias de primer, segundo, tercer y cuarto semestre. No tenías amigos y este semestre te diste cuenta que el sentimiento de los paisas a los rolos era muy bien correspondido. Lo único que hiciste, además de deprimirte, fue estudiar. Volviste a Medellín después de unos años. Tus familiares y amigos se burlaron de tu acento “rolo”, y los que fueran tus compañeros de clase se sentían superiores a vos, pues habías cambiado de carrera.
La tercera vez ocurrió entre los años 2000 y 2002. Te fuiste a vivir a otro país. Tu plan era aprender el idioma y luego hacer una maestría. Por razones que ni vos ni yo podemos entender aún, cumpliste la primera parte de tu plan, pero no la segunda. Nuevamente cambiaste de carrera.
***
Llegás a Union Station. Cuatro cuadras te separan del edificio. Comprás un café y salís caminando.
Monday, March 10, 2008
El 19 de abril
Aquella mañana cuando me levanté, tu mamá me miró y me dijo que ya habían comenzado las contracciones. No sabía si debería quedarme en casa o ir a tomar mi cuarto examen del doctorado. Al final nos decidimos por la segunda opción y en medio de los nervios, después de tres horas, pude escribir quince hojas sobre Mejía Vallejo que me servirían unas semanas después para pasar mi examen oral y definitivamente dejar atrás mis exámenes de doctorado. Tu mamá estuvo prácticamente todo el día con las contracciones y sólo hasta las once de la noche nos fuimos al hospital. Te vi nacer luego de tres horas, a las dos y cinco de la mañana. Estaba tan nervioso que sólo después de tres intentos pude cortar tu cordón umbilical para que los doctores pudieran comenzar a limpiarte. No te imaginás lo nervioso que estaba porque a mi lado derecho estaba tu mamá a quien estaban cosiendo, y vos, a mi lado izquierdo, estabas rodeado de médicos. Pensé que no estabas vivo, pero apenas orinaste a los doctores me di cuenta que estaba equivocado. Te envolvieron en una cobija blanca y te llevaron al cuarto donde tenían a los recién nacidos. Yo fui con vos y la enfermera. Cuando llegamos al lugar te pusiste a llorar, y yo te comencé a hablar, me miraste a los ojos (lo poco que los podías abrir), y te calmaste. Me sentí papá. Fue una sensación increíble, y que nunca imaginé sentir. Ese mismo día que naciste recibí una llamada de una universidad en la que me ofrecían un trabajo. El dicho que “cada hijo viene con un pan debajo del brazo”, se cumplió literalmente con vos. Hace un rato estabas llorando porque no te querías acostar, yo fui a tu cuarto, te cobijé y me acosté al lado tuyo y te calmaste. Me hiciste sentir la misma sensación de hace casi tres años. Me quedé un rato con vos disfrutando el momento, y apenas salía me dijiste, medio dormido ya, “te quiero”. Y por eso estoy acá, escribiéndote esto, porque yo también te quiero.
Thursday, February 7, 2008
Claro de luna
Como es costumbre en los inviernos del medio oeste norteamericano, ese sábado estaba cayendo una pequeña llovizna que las bajas temperaturas congelaban. Nuestro recorrido desde el estacionamiento hasta el auditorio fue toda una odisea en la que agarrándonos el uno al otro intentábamos no resbalar. Apenas entramos al edificio, dejé toda mi frustración a un lado al ver una buena cantidad de personas esperando a que comenzara el concierto. Vimos a algunos de sus amigos y amigas, y a los que me supongo serían algunos de sus profesores. Fue emocionante ver tanta gente un sábado a las once de la mañana con un clima tan desastroso. Después de hablar con algunos de los asistentes nos sentamos en primera fila. Yo no podía esperar más. Fue entonces cuando él salió, elegante, hizo una reverencia al público y se sentó en frente de un piano que brillaba inmaculablemente. Yo cerré mis ojos y con su música me transporté al pasado, recordé lo difícil que fue para mi acostumbrarme a ser un padre, un esposo, en terminar mi tesis, en todas las veces que sacrifiqué tiempo en el que pude haber jugado con él, porque tenía que sentarme en frente de mi computador para tener un diálogo con el alma de Mejía Vallejo. Todas estas y muchas memorias se vinieron a mi cabeza hasta que empezó a tocar la sonata “Claro de luna” de Beethoven. En ese momento comencé a llorar y no paré hasta que terminó de tocarla porque fue entonces cuando me di cuenta que TODO había valido la pena.
Wednesday, January 9, 2008
Quimulá
Hace un tiempo me preguntaste lo que era Quimulá pero se me había pasado responderte. El término lo leí por primera vez en la novela La tierra éramos nosotros del escritor colombiano Manuel Mejía Vallejo que fue publicada en 1945. Dentro de esta novela Quimulá es el nombre que recibe un árbol de la región, del que se dice que fue el lugar donde “lloró el último cacique indio, el de Pipintá, que murió de rabiosa nostalgia” (TEN, 25). Es en este árbol donde se han dado lugar los más importantes eventos de la región, como lo indica Bernardo, protagonista de la novela: “Allí fue muerta la serpiente más grande de que se tenga noticia, guardián de inviolables secretos. Allí fueron concebidos muchos hijos con el ardor sencillo de los campesinos. Allí se concertaban desafíos, citas amorosas, aprendizajes de esgrima y jugarretas” (TEN, 25).
Wednesday, November 7, 2007
La tercera vez
Ya me había pasado, por eso esta vez no me preocupé como antes. La primera vez fue un martes, la segunda también. La primera vez me desperté y no sabía si aun estaba dormido o si ya estaba despierto. La segunda vez me desperté pero sí sabía que aún estaba dormido. La primera vez lloré y traté de levantarme de la cama pero no era capaz de mover mis piernas ni mis manos. Cuando al fin pude, quise ir al lavamanos y mojarme la cara pero tuve miedo que en ese proceso cometiera el error de mirarme en el espejo y darme cuenta que no era yo quien estaba en frente. Decidí quedarme acostado en la cama, boca arriba, esperando que algo pasara, que me despertara, que me volviera a dormir, en realidad no sé lo que esperaba. Después de un tiempo indefinido escuché ruidos, traté de identificarlos pero no pude, parecían de un lugar muy lejano. Traté de hablar, pero no me salían las palabras. Recordé que mi hermana vivía conmigo y que estaba en el cuarto contiguo. Después de muchos intentos pude gritar. Apenas ella salió de la ducha vino a preguntar lo que pasaba, se lo conté todo…esa mañana mis padres vinieron y me llevaron al hospital. Tuve varios exámenes médicos. Recuerdo uno en el que me inyectaron sodio en mis venas y luego me entraron dentro de un tubo gigantesco. Querían asegurarse que la sangre estaba irradiando a todas las partes de mi cerebro. Pasaron los días y poco a poco pude volver a escribir con una letra que otras personas pudieran entender. Ya no agarro el lápiz igual que antes, y aunque similar, mi letra no es la misma de antes. Esta segunda vez no fue tan traumática como la primera. Me llevaron donde el doctor, pero yo no hablaba, bueno, lo hacía a través de mi esposa porque yo no recordaba cómo decir nada en inglés. Al igual que la primera vez, esta segunda vez el doctor no me recetó ninguna medicina ni me dio ninguna explicación científica de lo que me pasaba.
Han pasado más de cinco años desde esa segunda vez y ahora siento que la tercera se acerca.
Han pasado más de cinco años desde esa segunda vez y ahora siento que la tercera se acerca.
Subscribe to:
Posts (Atom)