Escuché hablar de Seattle por primera vez por allá en el 93. Creíamos en aquel entonces que era un suburbio de Washington, la capital. No sabíamos que había un estado que se llamaba Washington cuya ciudad más importante era Seattle y que quedaba a más de dos mil millas de Washington, la capital. Esta ciudad se volvió importante para nosotros pues era la que había visto nacer a bandas como Pearl Jam, Nirvana, Sound Garden y Alice in Chains entre otras. Nos juntábamos en la casa de Alzate todos los viernes y uno que otro sábado, comprábamos la botella de vino más barata que pudiéramos encontrar (tres patadas) y bebíamos escuchando música grunge soñando en formar una banda y tocar un concierto en Seattle.
No te conté que yo comencé a juntarme con este grupo en mi segundo año de la universidad. Mi primer año me la pasaba con la novia que un tiempo después comenzaría a salir con el estudiante de medicina del que te hablé. Yo andaba bastante deprimido por su nuevo novio, no el médico…ese fue después, este era un estudiante de publicidad, amigo de la hermana. Fue entonces cuando acepté una de las invitaciones que Alzate me hizo a su casa. Esa primera noche les conté toda la tristeza que sentía después que mi novia, ex-novia ya, me había dejado pues se había cansado de mis celos enfermizos. Historia que les repetiría con bastante frecuencia cada noche que nos reuníamos.
Una de esas tantas noches decidimos comenzar a soñar y hablar “en serio” acerca de nuestra banda de rock. Después de mucho debatirlo por fin nos decidimos por un nombre: “Alzate pelo negro”. Yo estaría en la batería mientras que nuestro líder en la voz sería Alzate. No sé que pasó finalmente con la banda pues al poco tiempo yo tuve que dejar la ciudad e irme a Bogotá por motivos de seguridad, cambiarme a Ingeniería Industrial, y aunque seguía escuchando música grunge, ya no era lo mismo pues lo hacía solo, en la sala de mi casa, con la luz apagada, pensando en cómo hubiera sido mi vida si no hubiera sido amenazado de secuestro y hubiera continuado viviendo en Medellín.
Después de mi graduación en abril del 99 en Ingeniería Industrial, mi director de tesis me consiguió un trabajo con Cincom, compañía de consultaría norteamericana de la cual él era su representante en Colombia. Mis primeras consultorías fueron con empresas pequeñas de producción en las que yo hacía trabajos de tiempos y movimientos, mientras que mi profesor se encargaba de la parte de mercadeo y recursos humanos. Después de tres meses ya había sido invitado dos veces a reuniones en Cincinnati y casi sin saberlo pasaba la mitad del tiempo en Bogotá, y la otra mitad en los Estados Unidos. Probablemente por este motivo nunca me casé. No tenía tiempo de tener una relación estable y mi timidez no me permitía tener relaciones cortas.
Con el tiempo comencé a asistir a diferentes conferencias y fue en una de esas, hace dos meses, cuando conocí en San Francisco a Jim Iffland, ingeniero que trabajaba para Seattle Consultant. Esta es la compañía de consultoría más importante del noroeste norteamericano, la cual trabajaba con empresas de la talla de Boeing y Microsoft. Jim me invitó a un café y me preguntó que si estaría interesado en tener una entrevista con ellos. Fue así como el siguiente día tuve una video conferencia con Tony L. Geist, CEO de la compañía y con Carolyn Lukens de HR. La verdad sentí que más que una entrevista fue una conversación entre amigos que se acababan de conocer. Jim me felicitó por la entrevista y me dijo que estarían en contacto conmigo en las próximas semanas para invitarme a visitar la compañía. Mi viaje de vuelta a casa fue un sueño. Pasé la mayor parte del tiempo pensando en cómo sería mi nueva vida en Seattle. Ya de vuelta en mi apartamento, usando Google Earth, pude casi conocer los diferentes barrios de la ciudad, la ubicación exacta de Seattle Consultant y pude identificar las diferentes rutas de autobús que me llevarían desde los diferentes barrios donde podría vivir. También desempolvé mis viejos CDs de música grunge y los subí a mi Ipod. Luego compré algunas de las canciones que no tenía de aquella época, y cada noche escuchaba la música del 93 y 94. Además compré un Wii y el juego Guitar Hero para tocar la misma música que escuchaba. La banda que armé le puse el nombre de “Alzate pelo negro” en honor a mis amigos de Medellín. Con todos estos preparativos y dejándome llevar por mis sueños, no me di cuenta que habían pasado el par de semanas de las que Jim me había hablado. El tiempo seguía pasando y a pesar que cada día revisaba mi correo electrónico frecuentemente y tenía mi teléfono celular siempre cerca, no recibía noticias de Seattle. Todo esto cambió el pasado sábado cuando llegó la carta que no hubiera querido recibir.
Monday, January 26, 2009
Thursday, January 15, 2009
Su primera Bogotá
Esa mañana al salir, dejaba todo lo que tenía, que no era mucho: un pequeño grupo de amigos, dos años de estudio de una carrera que apenas empezaba a disfrutar, una amiga de la cual estaba enamorado y una ciudad en la cual nunca más volvería a vivir. El viaje fue eterno, no sólo por las demoras debido a los retenes militares, ni por el paso por el puente que fue volado en parte por la guerrilla (¿donde estaban los retenes militares cuando la guerrilla voló el puente?), ni tampoco por el mal estado de las carreteras debido al abandono al que son sometidas por el gobierno nacional. El viaje fue eterno porque él no quería dejar lo poco que tenía. Era una pequeña estabilidad que sólo cuando vivió en Chile había creído tener. Ahora que lo escribo, pareciera que el destino quisiera desestabilizarlo cada vez que tenía algún tipo de seguridad.
Llegaron a Bogotá en la noche, en la hora donde el tráfico era más pesado. Lo poco que alcanzo a ver de la ciudad le gustó, aunque el frío lo afectaba. Esa primera noche fue poco lo que durmió. Pensaba más en lo que dejaba atrás que en lo que podría ganar con su nueva vida. Al siguiente día él se quedó con sus hermanos, mientras que sus padres salieron a buscar un lugar para vivir. Desde el apartamento se veía muy bonita la ciudad, con sus calles siempre llenas de carros, sus edificios sin balcones, y las personas que caminaban en la calle muy abrigadas.
Pasaría una semana para que la pudiera llamar por primera vez. Fue al centro comercial donde la compañía de teléfonos tenía su oficina y, como todo en Bogotá, el lugar estaba repleto. Le tomó más de una hora para poder llegar a la cabina de teléfono y poder hablar con ella por cinco minutos. Esta llamada la comenzó a hacer semanalmente, y es así como el día jueves se convirtió en su escape para la vida que llevó los primeros meses en Bogotá. Esto cambió cuando ella le contó que tenía un nuevo compañero en la escuela de medicina. Era un tipo, según ella, muy chistoso.
Llegaron a Bogotá en la noche, en la hora donde el tráfico era más pesado. Lo poco que alcanzo a ver de la ciudad le gustó, aunque el frío lo afectaba. Esa primera noche fue poco lo que durmió. Pensaba más en lo que dejaba atrás que en lo que podría ganar con su nueva vida. Al siguiente día él se quedó con sus hermanos, mientras que sus padres salieron a buscar un lugar para vivir. Desde el apartamento se veía muy bonita la ciudad, con sus calles siempre llenas de carros, sus edificios sin balcones, y las personas que caminaban en la calle muy abrigadas.
Pasaría una semana para que la pudiera llamar por primera vez. Fue al centro comercial donde la compañía de teléfonos tenía su oficina y, como todo en Bogotá, el lugar estaba repleto. Le tomó más de una hora para poder llegar a la cabina de teléfono y poder hablar con ella por cinco minutos. Esta llamada la comenzó a hacer semanalmente, y es así como el día jueves se convirtió en su escape para la vida que llevó los primeros meses en Bogotá. Esto cambió cuando ella le contó que tenía un nuevo compañero en la escuela de medicina. Era un tipo, según ella, muy chistoso.
Thursday, January 8, 2009
Primer intento
Ayer, después de pensarlo por casi un mes, me decidí salir a buscarte. La verdad no sabía por donde comenzar, pero luego de preguntar a diferentes personas me indicaron el camino que debía seguir. No voy a negarte que tenía bastante miedo pues siempre han sido mucho los mitos que se han creado alrededor de este camino. Mientras avanzaba pensé en todas las cosas que quería decirte, preguntarte, reclamarte. Después de la primera hora comencé a sentir frío y me lamenté de no haber venido mejor preparado. El camino se hacía cada vez más angosto y el frío más intenso, entonces decidí volver. Me dio miedo continuar, especialmente porque no sabía si te iba a encontrar o no. No sabía si me ibas a reconocer. Además tenía tanta frustración, que tuve miedo decirte cosas que te harían daño. Te prometo que lo intentaré nuevamente, que traeré un abrigo mejor, y que escribiré las cosas que quiero decirte, para así no dejarme llevar por el dolor y la rabia.
Wednesday, July 16, 2008
El final de un día de trabajo
En tu contrato, el cual firmaste sin saber inglés a la semana de haber llegado, se podía leer que trabajabas lunes, miércoles y viernes desde las cuatro de la tarde hasta el cierre. Decía así “cierre”, porque podía ser cualquier hora, y esto lo comprobaste con tu primo el primer día de trabajo, porque cuando la cafetería cerró a las siete de la noche, te diste cuenta que el trabajo duro apenas estaba por comenzar. Había una cantidad incontrolable de ollas, y todo tipo de utensilios para lavar. Cuando miraste a tu primo, pudiste darte cuenta que el desconsuelo era total para ambos. No había otra alternativa que comenzar a mojar, enjabonar, poner en desinfectante y por último guardar cada una de las ollas y utensilios que pasaban por sus manos. Después de un tiempo, y sin darte cuenta, viste cómo, poco a poco, iba disminuyendo la pila de objetos para lavar. No te habías dado cuenta cuando ya estabas colgando los guantes, los cuales te quedaban bastante grandes, dejando el delantal en tu casillero y recogiendo la comida que habías comprado. Estabas contento porque habías terminado, aunque sabías que tenías que volver dos días después.
El lunes pasado me acordé de todo esto que te cuento porque después de tres años mandé mi último capítulo de la tesis. Soy conciente que habrá correcciones, ampliaciones, y quien sabe cuantas otras cosas más, pero el simple hecho de mandarlo en el correo, me hizo sentir algo similar a cada una de esas noches cuando terminabas de lavar platos un poco después de las ocho de la noche. Vos sabías que tendrías que volver a lavar dos días después, y yo sé que tendré que seguir escribiendo, corrigiendo, ampliando, etc… pero la sensación es increíble, ¿no te parece?
El lunes pasado me acordé de todo esto que te cuento porque después de tres años mandé mi último capítulo de la tesis. Soy conciente que habrá correcciones, ampliaciones, y quien sabe cuantas otras cosas más, pero el simple hecho de mandarlo en el correo, me hizo sentir algo similar a cada una de esas noches cuando terminabas de lavar platos un poco después de las ocho de la noche. Vos sabías que tendrías que volver a lavar dos días después, y yo sé que tendré que seguir escribiendo, corrigiendo, ampliando, etc… pero la sensación es increíble, ¿no te parece?
Thursday, July 3, 2008
Libertad
Ayer me acordé de vos.
Pensé en aquella noche del martes 13 de marzo de 1992. Me acuerdo cuando recibimos la llamada. Me acuerdo cuando mis papás se fueron para el apartamento de mi tío para discutir la situación. Mis hermanos y yo nos quedamos solos, sin hablar el uno con el otro sobre lo que estaba pasando. Al siguiente día, como de costumbre, recogí a Víctor camino a la universidad, nuestro viaje transcurrió en un silencio total. Sólo fue hasta cuando estábamos casi en la portería de EAFIT que Víctor habló y, sin esperar ninguna respuesta, desahogó toda la rabia e impotencia que sentía.
Me acuerdo que el tiempo iba pasando y era muy poco lo que sabíamos de vos. Hubo una misa en tu casa, y yo fui. Me partía el alma ver a tus papás y a tus hermanos. Me hubiera gustado hablar más con ellos, pero no sabía qué decirles, tenía miedo que cualquier pregunta que hiciera les afectara más.
A tu novia de aquel entonces la dejé de ver después de un tiempo en la universidad. Luego me dijeron que su familia se había ido de Medellín. Por lo que cuentan, ella estuvo presente cuando te llevaron. Habías ido con ella a recoger a tu hermano en el club de tenis. A la salida los estaban esperando y después de un forcejeo te metieron a vos en un taxi y, a tus veinte años, te quitaron la libertad.
Era muy poco lo que se sabía de las negociaciones. La familia completa tenía miedo. Todos andábamos paranoicos pensando en quien podía ser el o la siguiente. El resto de tus hermanos se habían ido de Medellín. De vez en cuando veíamos a tus hermanos mayores. Mi papá hablaba con cierta frecuencia con tu papá. Tu caso era conocido en la universidad y algunos de mis compañeros me identificaban por vos.
El tiempo seguía pasando. Se comenzaron a publicar anuncios con clave en el periódico con la esperanza que vos los leyeras y que supieras que todos te estábamos pensando y que estábamos esperando tu pronta liberación. Después nos enteraríamos que nunca los leíste, y que esos mensajes más que para vos, eran para nosotros, para sentir que estábamos haciendo algo por vos. Recuerdo que mi mamá los había recortado todos.
El domingo 13 de septiembre, en la feria, nos encontramos con tu papá. Él le dijo a mi papá que las cosas parecían estar cada vez más embolatadas. Esa misma tarde tu papá llamó y yo contesté. Pasó mi papá. Vos estabas libre.
Cuando llegamos a tu casa había muchísima gente. Todos nos abrazábamos mientras esperábamos a que salieras de la ducha. Por lo que me contaron, no pudiste afeitarte en los seis meses que estuviste secuestrado. También fue muy poco lo que viste la luz del sol en ese tiempo. Cuando saliste la algarabía fue total. Todos llorábamos mientras uno a uno te íbamos saludando. Cuando llegaste a mí, me abrazaste y me dijiste: “quiubo primario”. Seguiste a la siguiente persona que ahora no me acuerdo quien era, pero lo que sí me acuerdo es que mientras te ibas, yo dejé mi mano en tu espalda, quería tocarte, saber que podía hacerlo porque ya estabas libre.
Ayer cuando la vi salir del avión me puse a llorar. Sentí algo muy similar a lo que sentí cuando te soltaron a vos. Me daba envidia de todos aquellos y aquellas que la abrazaban. Me hubiera gustado tocarla, sentirla libre.
Pensé en aquella noche del martes 13 de marzo de 1992. Me acuerdo cuando recibimos la llamada. Me acuerdo cuando mis papás se fueron para el apartamento de mi tío para discutir la situación. Mis hermanos y yo nos quedamos solos, sin hablar el uno con el otro sobre lo que estaba pasando. Al siguiente día, como de costumbre, recogí a Víctor camino a la universidad, nuestro viaje transcurrió en un silencio total. Sólo fue hasta cuando estábamos casi en la portería de EAFIT que Víctor habló y, sin esperar ninguna respuesta, desahogó toda la rabia e impotencia que sentía.
Me acuerdo que el tiempo iba pasando y era muy poco lo que sabíamos de vos. Hubo una misa en tu casa, y yo fui. Me partía el alma ver a tus papás y a tus hermanos. Me hubiera gustado hablar más con ellos, pero no sabía qué decirles, tenía miedo que cualquier pregunta que hiciera les afectara más.
A tu novia de aquel entonces la dejé de ver después de un tiempo en la universidad. Luego me dijeron que su familia se había ido de Medellín. Por lo que cuentan, ella estuvo presente cuando te llevaron. Habías ido con ella a recoger a tu hermano en el club de tenis. A la salida los estaban esperando y después de un forcejeo te metieron a vos en un taxi y, a tus veinte años, te quitaron la libertad.
Era muy poco lo que se sabía de las negociaciones. La familia completa tenía miedo. Todos andábamos paranoicos pensando en quien podía ser el o la siguiente. El resto de tus hermanos se habían ido de Medellín. De vez en cuando veíamos a tus hermanos mayores. Mi papá hablaba con cierta frecuencia con tu papá. Tu caso era conocido en la universidad y algunos de mis compañeros me identificaban por vos.
El tiempo seguía pasando. Se comenzaron a publicar anuncios con clave en el periódico con la esperanza que vos los leyeras y que supieras que todos te estábamos pensando y que estábamos esperando tu pronta liberación. Después nos enteraríamos que nunca los leíste, y que esos mensajes más que para vos, eran para nosotros, para sentir que estábamos haciendo algo por vos. Recuerdo que mi mamá los había recortado todos.
El domingo 13 de septiembre, en la feria, nos encontramos con tu papá. Él le dijo a mi papá que las cosas parecían estar cada vez más embolatadas. Esa misma tarde tu papá llamó y yo contesté. Pasó mi papá. Vos estabas libre.
Cuando llegamos a tu casa había muchísima gente. Todos nos abrazábamos mientras esperábamos a que salieras de la ducha. Por lo que me contaron, no pudiste afeitarte en los seis meses que estuviste secuestrado. También fue muy poco lo que viste la luz del sol en ese tiempo. Cuando saliste la algarabía fue total. Todos llorábamos mientras uno a uno te íbamos saludando. Cuando llegaste a mí, me abrazaste y me dijiste: “quiubo primario”. Seguiste a la siguiente persona que ahora no me acuerdo quien era, pero lo que sí me acuerdo es que mientras te ibas, yo dejé mi mano en tu espalda, quería tocarte, saber que podía hacerlo porque ya estabas libre.
Ayer cuando la vi salir del avión me puse a llorar. Sentí algo muy similar a lo que sentí cuando te soltaron a vos. Me daba envidia de todos aquellos y aquellas que la abrazaban. Me hubiera gustado tocarla, sentirla libre.
Friday, May 23, 2008
La casa
Probablemente seré un ingrato, pero yo no siento por mi ciudad natal la misma nostalgia que vos sentís por la tuya. No sé que tanto tenga que ver la manera como me educaron, pero yo siempre crecí con un miedo a la ciudad. Me acuerdo que sólo fue hasta que ya era un adolescente que me dejaron tomar un bus de servicio público solo. Me acuerdo que nunca podía quedarme en el colegio en actividades extracurriculares porque después era un problema para volver a casa y mis papás no querían que yo tomara dos buses para venirme solo desde el colegio. Cuando nos fuimos a vivir a Chile, fue cuando comencé a montar solo en bus y ahora que lo pienso, fue de las primeras veces que comencé a caminar con tranquilidad. Sin tener que mirar para todos los lados con el temor que alguien me estuviera siguiendo para robarme o algo. Como en todas partes, en Viña del Mar y Valparaíso era poco lo que se podía hacer cuando tenía quince años. Pero los fines de semana un buen amigo y yo pasábamos todo el tiempo caminando por el centro. Luego nos íbamos caminando hasta mi casa a la media noche. No me acuerdo de haber tenido miedo, y tampoco me acuerdo que mis papás se hubieran enojado conmigo por haberme quedado por fuera hasta tan tarde o por no haber avisado que me demoraba en llegar. Algo que pasaba con bastante frecuencia en Colombia. En Chile montaba en bus todo el tiempo, me sabía las rutas y los horarios. En Colombia me sabré dos o tres rutas. Por eso cuando volví a Viña después de exactamente quince años, pude encontrar con cierta facilidad la casa en que viví. Desde allí tomé la misma ruta de autobús para Valparaíso que tomé durante los seis meses que viví allí, y bajarme en la misma esquina que lo hacía para llegar al colegio en que estudiaba. Caminé con Katie por las mismas calles de Valparaíso de antes, y hasta tomamos uno de los famosos ascensores de los cerros por los que llevé a mi mamá y a mi abuela cuando aun vivíamos allá. Ahora que te escribo ésto, me pongo a pensar que Viña y Valparaíso fueron las primeras ciudades en las que me sentí libre, en las que no tenía presiones de mis papás por mantenerlos al tanto de lo que estaba haciendo, fueron las primeras ciudades en las que no me acuerdo de haber tenido que mirar para atrás con temor a que alguien me estuviera siguiendo.
Yo considero mi casa el lugar donde me siento cómodo. Muy seguramente es algo psicológico, y paranoia mía, pero yo cuando estoy en Colombia siempre me siento perseguido. Hablo con los taxistas por miedo a que me vayan a hacer algo, miro constantemente a todos los lados, y tomo el metro más que por lo conveniente que pueda ser, porque me siento un poco más seguro que en un bus o en un taxi.
Yo considero mi casa el lugar donde me siento cómodo. Muy seguramente es algo psicológico, y paranoia mía, pero yo cuando estoy en Colombia siempre me siento perseguido. Hablo con los taxistas por miedo a que me vayan a hacer algo, miro constantemente a todos los lados, y tomo el metro más que por lo conveniente que pueda ser, porque me siento un poco más seguro que en un bus o en un taxi.
Monday, April 7, 2008
El cumpleaños
Después que se deja de ser niño, para mí, los cumpleaños se me hacen más deprimentes que otra cosa. Me pongo a pensar si en realidad ha valido la pena mi vida en ese año. Si lo que he hecho ha servido de algo, o si simplemente viví un año más sin aportar mucho y sin aprender nada. Esta mañana cuando me levanté y tomé café después de casi una semana sin hacerlo, estaba pensando en ello. Este café sería, secretamente, mi propio regalo de cumpleaños. El año pasado fue un iPod, esta vez fueron dos tazas de café. No está mal, ¿cierto? Después se nos ocurrió que para aprovechar el día tan bonito podríamos ir a elevar una cometa. Todo este proceso se retrasó debido a que vos, cuando yo no lo quería, te tomaste una siesta de tres horas. Cuando te levantaste, nos arreglamos, compramos la cometa y nos fuimos a un parque con pocos árboles. Yo hacía más de 15 años que no elevaba una, pero el viento hizo que todo fuera super fácil. Las primeras veces la cometa se nos cayó, pero después de un poco de práctica la cometa se mantuvo en el aire hasta que la guardamos.
Después de un rato querías dar una vuelta por el parque y te fuiste con tu mamá mientras yo me quedé elevando la cometa. Al tener la cometa en el aire, me puse a pensar en Al pie de la ciudad de Mejía Vallejo. En este libro las cometas son una de las pocas alegrías que los niños de los tugurios tiene. Ellos disfrutan cómo éstas se elevan por los aires y, de cierta manera, se liberan de la opresión de la ciudad:
“Las fabrican de hojas de periódicos, o rebuscan en las tipografías tiras inservibles de papel. Sobre la ciudad se ven las cometas del suburbio. Más altas que los edificios públicos, que las iglesias más altas, que el Obelisco, que las torres. Y los niños están contentos porque algo de ellos sube tan arriba, sobre la misma ciudad. Semiabierta la boca desdentada, el Viejo palmotea viendo las encumbradas cometas colear y subir cielo arriba. Los otros ríen porque lo ven y porque están contentos”. (17)
Luego volviste y me dijiste que querías que te llevara a ver el agua. Fuimos a la quebrada dentro del parque, mientras era tu mamá quien se quedaba con la cometa. Luego de caminar un rato llegamos y nos sentamos los dos en una piedra mientras veíamos el agua pasar. Fue un silencio espectacular interrumpido sólo por el sonido del viento y del agua chocando con las rocas. No te lo dije, pero quise que ese momento se congelara en el tiempo y poder disfrutarlo más. Pero aunque no sucedió, creeme que está guardado en mi memoria, y ya está acá escrito. Después nos volvimos donde tu mamá y nos fuimos a comer.
Hace un rato me puse a pensar en mi cumpleaños, y en lo bien que la pasé hoy con vos y tu mamá…No puedo esperar a que sea mañana para salir del trabajo, recogerte, comer, y para que vamos con tu mamá a elevar la cometa, caminar por el parque y sentarnos al lado de la quebrada para escuchar el sonido que produce el agua al chocar con las rocas…sonido que será interrumpido con tu pregunta si podés tocar el agua.
Después de un rato querías dar una vuelta por el parque y te fuiste con tu mamá mientras yo me quedé elevando la cometa. Al tener la cometa en el aire, me puse a pensar en Al pie de la ciudad de Mejía Vallejo. En este libro las cometas son una de las pocas alegrías que los niños de los tugurios tiene. Ellos disfrutan cómo éstas se elevan por los aires y, de cierta manera, se liberan de la opresión de la ciudad:
“Las fabrican de hojas de periódicos, o rebuscan en las tipografías tiras inservibles de papel. Sobre la ciudad se ven las cometas del suburbio. Más altas que los edificios públicos, que las iglesias más altas, que el Obelisco, que las torres. Y los niños están contentos porque algo de ellos sube tan arriba, sobre la misma ciudad. Semiabierta la boca desdentada, el Viejo palmotea viendo las encumbradas cometas colear y subir cielo arriba. Los otros ríen porque lo ven y porque están contentos”. (17)
Luego volviste y me dijiste que querías que te llevara a ver el agua. Fuimos a la quebrada dentro del parque, mientras era tu mamá quien se quedaba con la cometa. Luego de caminar un rato llegamos y nos sentamos los dos en una piedra mientras veíamos el agua pasar. Fue un silencio espectacular interrumpido sólo por el sonido del viento y del agua chocando con las rocas. No te lo dije, pero quise que ese momento se congelara en el tiempo y poder disfrutarlo más. Pero aunque no sucedió, creeme que está guardado en mi memoria, y ya está acá escrito. Después nos volvimos donde tu mamá y nos fuimos a comer.
Hace un rato me puse a pensar en mi cumpleaños, y en lo bien que la pasé hoy con vos y tu mamá…No puedo esperar a que sea mañana para salir del trabajo, recogerte, comer, y para que vamos con tu mamá a elevar la cometa, caminar por el parque y sentarnos al lado de la quebrada para escuchar el sonido que produce el agua al chocar con las rocas…sonido que será interrumpido con tu pregunta si podés tocar el agua.
Subscribe to:
Posts (Atom)